Fahrenheit 451

 

 

Autor: Abel Prieto Jiménez | internet@granma.cu
27 de agosto de 2020 23:08:51

El pasado 22 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento en Waukegan, Illinois, EE.UU., del gran escritor Ray Bradbury. Su obra, sin embargo, mantiene una frescura excepcional. Y es que imagina el futuro a través de una agudísima y demoledora mirada crítica sobre el modelo yanqui de entonces y del presente.

Publicó en 1953 una novela reveladora, Fahrenheit 451, que desafía el macartismo y el aparato represivo del sistema con una denuncia del reinado de la estupidez y de la persecución y censura de la inteligencia, de la memoria, del legado humanista de la cultura occidental, de todo aquello que el fascismo considera herético.

El título de la novela de Bradbury alude a la temperatura que se requiere para quemar el papel. En los EE.UU. de Fahrenheit 451, los libros están prohibidos. Según el discurso oficial, son objetos nocivos, maléficos; inoculan pensamientos confusos e inquietantes en la gente; obstaculizan su acceso a la felicidad; le ofrecen el caos frente a las «certezas» de una cotidianidad aletargada.

Todo el que oculte una biblioteca personal o unos pocos volúmenes viola la ley y debe ser denunciado. Tras la delación, se movilizan los «bomberos», que no usan chorros de agua sino de fuego, y reducen a cenizas cada libro que encuentran ante los ojos horrorizados de sus propietarios.

Veinte años antes de la publicación de Fahrenheit 451, en 1933, el líder estudiantil nazi Herbert Gutjahr encabezó junto a Goebbels la llamada «Acción contra el espíritu antialemán». Más de 20 000 libros fueron quemados en la Opernplatz de Berlín. Gutjahr vociferó: «Entrego al fuego todo lo que simbolice al espíritu no alemán». Actos y discursos similares tuvieron lugar en todo el país. 

Veinte años después de la aparición de la novela de Bradbury, en 1973, se produjo la más divulgada quema de libros en el Chile de Pinochet, en las Torres de San Borja, en Santiago. El Canal 13 de televisión cubrió el evento monstruoso. Varios analistas han explicado que estaba condenado a la hoguera todo volumen cuyo título contuviera la palabra «rojo» en cualquier variante. Incluso fueron quemados por las hordas libros que hablaban de la corriente artística del cubismo, ya que los inquisidores consideraban que se referían a Cuba.  

Montag, el protagonista de Fahrenheit 451, es un «bombero» que acude con sus compañeros a una casa denunciada. Empapan de gasolina los libros y su entorno y exigen a la dueña (una anciana llorosa) que salga a la calle para ponerse a salvo del incendio. Pero la anciana, sorpresivamente, usa un fósforo y arde, ella también, en la llamarada.

Aquel acto suicida conmueve a Montag y lo lleva a cuestionarse el sentido de su profesión y de su vida toda. ¿Qué inexplicable valor tienen los libros que pueden arrastrar a una persona a decidir incinerarse con ellos?, se pregunta. Y empieza a entender que los libros son más que papel y letras alineadas. Poco a poco los ve como síntesis de la memoria personal y colectiva, como reservorios de pensamiento y espiritualidad en un paisaje vacío, poblado por el parloteo de gente sin nada que decirse y una televisión omnipresente diseñada para idiotizar a los espectadores.

«La televisión te dice lo que tienes que pensar, una y otra vez, todo el tiempo», le dice a Montag un viejo profesor de Literatura que perdió su empleo casi un siglo atrás. «Toda la cultura está deshecha, nuestra civilización está destrozándose», añade.

En el prefacio que encabeza la reedición de la novela de 1993, Bradbury da algunas claves más para descubrir a cabalidad su mensaje: «No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no sabe, que no aprende…». Esta afirmación tiene una actualidad escalofriante.

La industria cultural hegemónica ha logrado que haya cada vez menos lectores y cada vez menos personas interesadas en sobrepasar los ámbitos superficiales y frívolos y entender a fondo las realidades, los procesos, la vida. Ese desmontaje de la inteligencia, que ha ido creciendo vertiginosamente, ya era evidente para Bradbury en 1953.

En el universo de Fahrenheit 451, el tiempo libre debe dedicarse al juego, al placer, al divertimento pueril. La cultura ha perdido su médula. La educación ha terminado basándose en el más mediocre y plano pragmatismo. Se desmantelaron los estudios de las humanidades. Los clásicos son resúmenes. La palabra «intelectual» se convirtió en un insulto. Los votantes escogen al candidato por su imagen, sin importarles cuál es su programa –en caso de que tengan alguno.

Resulta un ejercicio apasionante releer Fahrenheit 451 en esta época de pandemia, de tragedia sin límites para las mayorías y enriquecimiento impúdico de las élites, de violencia policial desbordada y revueltas antirracistas, del grotesco reality show de las elecciones en EE.UU., de manipulación obscena de las conciencias.

«Toda la cultura está deshecha, nuestra civilización está destrozándose».

Granma


 

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